
Al ver la lluvia caer a través de mi ventana suelo remitirme a recuerdos de todo tipo, cuando llueve se me da muy bien pensar, en el hoy, en el ayer y en el mañana. ¿Cómo fue que llegué a estar sentada aquí frente a mi computadora con toda la historia que me acompaña hasta hoy…y que seguirá ahí por el resto de mis días? Una serie de eventos me han encaminado hasta este dormitorio hoy… a esta hora…
Hubo días lluviosos antes, y hace años me gustaba saltar en los charcos, que se me mojaran los pies, llegar a casa empapada, porque sabía que después vendría mi mamá a ayudarme a cambiarme, ponerme ropa seca y caliente y hacerme un buen chocolate para que dejara de tener frío… Ha pasado mucho tiempo (o bueno, todo depende del cristal con el que miremos el pasar del tiempo) desde que fui una niña.
Siempre llueve, siempre sigue lloviendo, pero ya yo no soy la misma niña que saltaba en los charcos, he crecido bastante desde entonces… y la lluvia me recuerda aquellos días, aquellos buenos días…
Tantas cosas han pasado los días de lluvia, o tal vez es que yo retengo mejor esta clase de días, por alguna insospechada razón me cuesta mucho recordar los días soleados. Por ejemplo recuerdo días de kínder o de primer grado, pero sólo recuerdo aquellos donde había que tener cuidado de no resbalar por los pasillos, o por ejemplo en sétimo una vez que hizo demasiado frío como por tres días seguidos y yo tenía que usar el horrible suéter del CMDP… (Era rajado feo).
Y es el que frío me ha traído más experiencias que el calor, mi primer beso, la vez que más quise, una tarde de frío y calor proveniente de la persona menos esperada, tardes de café llorando penas, o riendo en un sofá.
Mucha gente habla de los días lluviosos como días feos… a decir verdad para mi son los mejores (no así para mi pelo :/ ) aunque hace tiempo que no tengo una sombrilla decente… y ¿Qué me gusta de estos días? Pues, que la gente se vuelve misteriosamente más acogedora o al menos eso me ha dado la impresión, que mis ideas fluyen de manera más libre que en los días donde el calor simplemente no me deja pensar… Amo la lluvia, es una conclusión. Además luego de que llueve todo queda fresco, limpio es como que se purifica todo alrededor. Cuestión de gustos, o que probablemente yo tenga gustos raros.
Me gustan los temblores, me gustan los truenos (tengo un par de amigas que sé que les tienen fobia), me gusta el frío (no más que el calor corporal de alguien más), me gusta soñar… tanto así que prefiero tener pesadillas a pasar la noche sin soñar nada, de niña no me gustaba el chocolate ni los dulces en general, me gusta sentarme a leer todo un día y sacar del libro cuántas fantasías me sea posible. Los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer y el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca aún me hacen suspirar y pensar que soy esa gitana que espera en su baranda y ahí estar “cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!”. También divago en lo mucho que me hubiese gustado ser la musa de algún poeta por ahí antes mencionado y que me escribiera algún poema en el cual expresara lo que está únicamente en la profundidad del alma humana.
La lluvia… la lluvia me ha acompañado en muchos de los momentos más importantes de mi vida y es la lluvia la que me hace recordar que no hay mal que dure cien años, y que cuando me sienta perdida y crea que lo malo nunca acaba, pues de pronto llega un día y sorprende. Recordar…. Que las mejores cosas a veces han pasado justo cuando la esperanza está por acabar… Que lo diga yo misma.
Tristeza, alegría ambas emociones me ha traído la lluvia y el frío y así seguirá siendo, o tal vez es una especie de profecía autocumplidora, pero lo cierto es que la lluvia nunca terminará de emocionarme y de limpiar a veces mis desórdenes internos, y de darme vida así como si yo fuera un ramo de flores rojas…
Aquí les dejo los dos poemas que en la vida más me han hecho sentir, aún cuando quizás no haya sufrido tanto… simplemente aquellos que por misterios de la vida no puedo dejar de interiorizar una y otra vez…
Volverán las oscuras golondrinas- Gustavo Adolfo Bécquer
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!
Romance Sonámbulo- Federico García Lorca
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
--Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
--Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
--Compadre, quiero morir,
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
--Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
--Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
--¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.